La gran coalición peronista

Por Julio Burdman


Uno de los problemas que puede enfrentar el peronismo en su versión sciolista es la superabundancia de aliados.


Lilita Carrió, Juan Campanella y la doctora Pignata piden a los argentinos que voten a Mauricio Macri para poner fin a 70 terribles años de peronismo. Mientras tanto, el candidato presidencial de Cambiemos inaugura monumentos de Juan Perón, se fotografía junto a Hugo Moyano y habla de justicia social en su último spot. Son gestos dirigidos a una cierta dirigencia, antes que a los votantes. Porque si Macri llega a ganar, deberá hacer una alianza con el peronismo gobernante para gobernar.


El operativo “Peronización del PRO” era inevitable, una vez que Macri sintiese la proximidad del poder. Ocurre que la suma de los futuros legisladores nacionales, gobernadores e intendentes de todos los partidos que integran Cambiemos, aún en los cálculos más optimistas, no alcanza para proporcionar una mínima base de sustentación a un eventual Gobierno de Mauricio Macri. Aun en el –hoy poco probable, aclaremos– escenario de que Scioli pierda la Presidencia, el Frente para la Victoria (FpV) seguirá siendo la fuerza más importante del sistema. Redondeando: contará con dos de cada tres gobernaciones, mayoría absoluta en el Senado, y 40% de los diputados. No obstante, meses atrás, la hipótesis que manejaban algunos operadores macristas era que un oficialismo derrotado en las urnas comenzaría a desgajarse rápidamente. Y allí es cuando preveían una alianza con Sergio Massa. Pero no cualquier alianza. Antes de ser invitado, el diputado tigrense debería cumplir una condición: engrosar las filas de su Frente Renovador, absorbiendo grandes lotes de peronistas-kirchneristas desencantados.


Incluso se contemplaba la posibilidad de ayudar a Massa, desde el poder, para fortalecer su agrupamiento neoperonista. La construcción del aliado: una vez lograda cierta musculatura, se sellaría un acuerdo de gobernabilidad con él. Sonaba factible el plan. Pero en las últimas semanas, signadas por la competencia y la desconfianza hacia Massa, la hipótesis de su rol futuro pierde fuerza en el imaginario macrista. Se sabe que habrá que diseñar una gobernabilidad que incluya al adversario, hoy kirchnerista, pero aún no se sabe cómo. En el mejor de los casos, será un tema para pensar el 26-O.


En la vereda de enfrente, la cuestión de la base de gobernabilidad de la próxima administración sciolista se encuentra casi saldada. La coalición política del kirchnerismo, al que Scioli busca suceder y continuar, fue abierta y generosa. La histórica base sindical, el setentismo social y las máquinas electorales de los ‘90 fueron sintetizadas en una misma fórmula política, como dice Sebastián Etchemendy. Si acaso el kirchnerismo confrontó, lo hizo hacia afuera: adentro, puertas abiertas para todos y todas. Solo el kirchnerismo, en la Argentina contemporánea, pudo reunir en una misma mesa a feministas abortistas y supernumerarios del Opus, a progres porteños y conservadores norteños, y la lista sigue. Y la promesa de Scioli es llevar esta política de agregaciones a un nivel superlativo. Mantener intacta la red de actores que amparó el peronismo kirchnerista, y seguir sumando. Todos aquellos que se fueron al massismo podrán volver. Y junto a ello, habrá que contemplar la propia red de alianzas personales y sociales que el gobernador supo construir en las últimas décadas.


Paradójicamente, uno de los problemas que puede tener que enfrentar el peronismo en su versión sciolista es la superabundancia de aliados estratégicos. Durante el primer año de su gestión, caracterizado por pocos vencimientos fuertes de deuda soberana, Scioli deberá aprovechar para resolver los problemas económicos pendientes y relanzar el modelo productivo. En su agenda, está promover el ingreso de dólares, enfrentar el problema energético, arreglar los cuellos de botella que se han ido acumulando en las economías regionales, dar respuesta al principal reclamo de los grandes sindicatos –el Impuesto a las Ganancias– y del campo que espera en los silos, y otras cuestiones no menos urgentes. Detrás de cada uno de estos temas, hay intereses y lobbies movilizados, tanto políticos como empresariales, que ya revolotean alrededor del presidenciable más dialoguista del que tengamos memoria.


En Estados Unidos, el entrecruzamiento de intereses económicos y sectoriales es mucho más complejo, y diverso, que el nuestro. Los petroleros de Texas, los bancos de Wall Street, los entretenedores de Hollywood, las automotrices de Detroit, los astilleros del noreste: todos tienen una agenda propia. Y toda esa complejidad se negocia en la picadora de carne del Congreso. Aquí, todo irá sobre la figura de Scioli y su Gabinete de coalición peronista, al mismo tiempo prosindicatos, probusiness y profederal, que va a requerir un enorme talento para articular.


Publicado en El Estadista el 15 de octubre de 2015. Versión publicada aquí.