La tercera fuerza que aprendió

Por Julio Burdman


El PRO introdujo un diseño comunicacional centralizado y no se apuró en buscar la Presidencia.


Como “nuevo” partido político, el PRO introdujo dos grandes innovaciones en la política argentina. La primera fue su diseño comunicacional centralizado. La segunda, el no haberse apurado en la búsqueda de la Presidencia (y haber tenido fe en que la CABA podía ser un proyecto nacional).


La primera, la unificación del discurso, tan vilipendiada por individualistas y librepensadores, es hoy uno de los pilares del macrismo. Fue el primer partido argentino que convirtió a su asesor y estratega de campañas electoral en un referente político. Y ese asesor, junto a Marcos Peña y otros dirigentes fundacionales, coordinan un comando comunicacional que fija la línea política del discurso. Temprano por la mañana, los dirigentes macristas reciben un mail con las principales posiciones del partido en los temas políticos y económicos del día. Y no se pueden apartar de ese discurso. Para muchos, se trata de una imposición inaceptable desde el punto de vista personal. Pero es, sin dudas, muy eficaz desde el punto de vista de los objetivos de la organización. Cuando el PRO baja línea, lo hace en forma inmediata: todos sus dirigentes y militantes difunden el mensaje en forma uniforme por todos los rincones del debate político, desde canales de TV hasta mesas familiares. Ese poder comunicacional le ha permitido al PRO consolidar modificaciones discursivas en poco tiempo. Gracias al predominio de la comunicación centralizada, y al acatamiento indudable de todos los que integran el grupo de sus dirigentes -la disidencia equivale al ostracismo, y nadie quiere eso-, hoy el PRO se mueve con gran plasticidad en el teatro de operaciones que es una campaña electoral.


Al FpV esto le cuesta mucho más. Y ello se nota especialmente en la actual campaña de segunda vuelta, en la que los candidatos tienen que salir a conquistar votos que no les son propios. En las filas del oficialismo hay una pluralidad de voces y voceros que no se rigen por ningún libreto. Por eso, el encolumnamiento comunicacional es una tarea que les lleva más tiempo. Ya lo dijo María Eugenia Vidal en una entrevista televisiva reciente: “En el PRO no funcionamos como un espacio político: somos un equipo”. Esa idea sí merece una tesis doctoral, ya que “el equipo” funciona con una lógica que fue pensada para la organización privada.


La otra innovación, el no haberse apurado a lanzarse a la presidencia, es una virtud mayor. Macri fue tentado tres veces a ir por la Casa Rosada -2003, 2007 y 2011- y siempre dijo que no lo haría hasta contar con una base de poder propio. Recordemos que la maldición de ir por la Presidencia fue una de las causas principales de la sepultura prematura de un tendal de terceras fuerzas, desde la UCeDé de Alvaro Alsogaray y el PI de Oscar Alende, hasta el Frepaso de Chacho Alvarez y el Recrear de Ricardo López Murphy. En todos estos casos, los líderes fundadores rehusaron consolidar previamente un poder subnacional y, en cambio, invirtieron todos sus recursos y esfuerzos en lanzarse directo y sin escalas al cargo más grande. Macri es el producto de una era política que entiende mejor que el artificio presidencial tiene bases provinciales.


Así, Macri primero fue por la Caba, y reservó la carrera por la Presidencia para el final. Una vez que el control político de la Capital estuvo asegurado. El proyecto siempre fue consolidar un gobierno metropolitano, y expandirlo al resto del país. Algo así como el Frente Amplio uruguayo, que hizo el upgrade desde la intendencia de Montevideo al Palacio Estévez.


Muchos, hay que decirlo, no creíamos que eso fuera posible en nuestro país. Uruguay es una república oriental y fundamentalmente unitaria, y Argentina es vasta y federal. Edward Gibson ya había explicado que la única forma de armar una coalición mayoritaria en Argentina era uniendo una base metropolitana (la clase media radical, los trabajadores peronistas) con una red de oligarquías provinciales. Y el poder provincial del PRO brillaba, y aún brilla, por su ausencia. ¿Cómo podía, entonces, soñar siquiera con convertirse en un proyecto nacional?


La carta oculta de ese plan era la provincia de Buenos Aires. La posibilidad de una exportación de candidaturas de funcionarios porteños al distrito contiguo hubiera sonado disparatada años atrás. Y, sin embargo, quedó demostrado que no lo era. El propio calendario electoral del sistema de doble vuelta presidencial lo facilita: hoy Macri compite con dos grandes distritos bajo su ala. La Historia deberá establecer, ahora, si se trató de un plan concienzudamente elaborado, o si fue algo que salió de casualidad. Si la conquista de La Plata fue mérito propio o demérito ajeno. En algún momento de las negociaciones, el PRO no se tenía tanta fe, y Macri parecía dispuesto a bajar a Vidal a la vicegobernación si los radicales aportaban un candidato fuerte. No hay que olvidar, sin embargo, que los verdaderos políticos no develan sus estrategias.


La elección no está cerrada: tanto Scioli como Macri pueden ganar la segunda vuelta. En el eventual caso de una presidencia del PRO, seguramente muchas cosas van a cambiar en la política argentina. Y las dos innovaciones darán mucho que hablar. Habrá una gobernabilidad sustentada en un trípode Nación-ciudad-provincia, y una comunicación centralizada en la misma Presidencia. Para entenderlas a ambas, el camino es el mismo: hay que desentrañar la frase de Vidal.


Publicado en El Estadista el 12 de noviembre de 2015. Versión publicada aquí.