Voto chileno en Argentina: ¿La Región XVI?

Por Julio Burdman


El país podría convertirse en un terreno de disputa electoral para las futuras presidenciales chilenas.


Como parte de su promesa de reformas políticas y electorales, en abril de 2014 la presidenta Michelle Bachelet promulgó la reforma que habilita a los chilenos residentes en el exterior a votar, desde el extranjero, en elecciones presidenciales, primarias y referendos. Queda pendiente su reglamentación e integración a la ley de elecciones, algo que probablemente se concretará este año por medio de un proyecto de ley que enviará el Ejecutivo. Así, Chile pronto se sumará a Argentina, Brasil, Colombia y el resto de los países latinoamericanos que ya reconocen la ciudadanía política de sus nacionales viviendo fuera de sus fronteras.


Esto merece ser celebrado, como toda ampliación de derechos cívicos por parte de un Estado. Especialmente cuando se trata de los migrantes, un sector vulnerable y muchas veces postergado. Como analiza la investigadora argentina Gimena Perret, a pesar de ser Chile un país de emigrantes –de hecho, son más los chilenos en el exterior, que los extranjeros viviendo en Chile–, las políticas de vinculación entre el Estado y sus emigrados y exiliados fueron ambiguas y tardaron en llegar. Que estos cientos de miles de chilenos puedan votar desde donde habitan, sin tener que viajar a Chile a tal efecto, es sin dudas un avance.


Pero hay que destacar que esta modificación tiene, además, un ingrediente político particular. A diferencia de la Argentina, país que en los últimos treinta años de democracia se acostumbró a los triunfos electorales presidenciales rotundos y por amplio margen, Chile tiene un historial de carreras electorales reñidas y con final abierto. Las dos vueltas de las presidenciales de 1999, entre Lagos y Lavin, o el balotaje entre Piñera y Frei de enero de 2010, se decidieron por solo algunos miles de votos a favor del ganador. En este marco, y dado que la política chilena tiene un formato competitivo y bipolar, el voto de los chilenos en el exterior podría alguna vez ser decisivo. Y Argentina, país donde mora la mayor colonia de chilenos fuera de Chile, será un territorio de campaña y disputa para los futuros aspirantes a ocupar el Palacio de la Moneda a partir de 2017.


No sería la primera vez que en la Argentina se cuecen las habas de las elecciones externas. Un senador italoargentino, representante en Roma del distrito América del Sur, salvó un día a Silvio Berlusconi de irse a casa por censura parlamentaria, y mucho se ha escrito acerca del aluvión de uruguayos que viajaron desde Buenos Aires para votar en las presidenciales orientales de 1999 y 2004. También se dice que chilenos residentes en Argentina fueron clave para la mencionada victoria de Ricardo Lagos. El número de chilenos en el exterior no se conoce a ciencia cierta, hay estimaciones que hablan de 700 mil, otras de 850 mil, algunas llegan al millón. Lo que sí se sabe es que los que residen en Argentina son el número más importante, y los que más probablemente se integrarían a un proceso electoral.


De acuerdo al último censo argentino, viven aquí un poco más de 200 mil en condiciones de votar, si sumamos a 191.000 habitantes nacidos en Chile, y algunos otros miles que se nacionalizaron chilenos y hoy están del otro lado de la cordillera. Recién a mediados de 2016, con los datos actualizados de aquellos chilenos registrados en Argentina, tendremos una idea aproximada de cuántos votarán para la sucesión de Bachelet, en alguno de los trece consulados que se habilitarían como centros de votación. Si lo hace entre el 10 y 20% de los habilitados, una estimación conservadora, ya estamos hablando de una circunscripción interesante.


Pero para ello, será necesario empezar por construir una política chilena en Argentina, algo que apenas existe. Los migrantes chilenos tienen historia del otro lado de Los Andes, pero nunca desarrollaron una identidad colectiva. Antes del boom inmigratorio europeo de fines del Siglo XIX, los chilenos eran la principal comunidad extranjera en Argentina. En provincias como Mendoza o La Rioja hay localidades que fueron bautizadas con el nombre de Chilecito, precisamente por la presencia de inmigrantes trasandinos entre sus fundadores.


Pero a diferencia de gallegos o italianos, o de las pequeñas colectividades chilenas en el norte de Europa, los chileno-argentinos nunca se politizaron. Los chilenos aquí se “argentinizan” rápidamente: no hay barrios de colectividad, los restaurantes no sirven cazuela, y las asociaciones de chilenos, con alguna excepción en la Patagonia austral, tienen baja influencia comunitaria. Hubo un presidente hijo de una chilena, y por ende con opción a la nacionalidad –me refiero a Néstor Kirchner– al que ninguna agrupación de chilenos llamó jamás para darle una placa o diploma. ¿Cómo harán, entonces, para canalizar un nuevo tipo de participación política territorial? Habrá que crear prácticamente todo.


En principio, están todos empadronados. De acuerdo a la ley vigente, el voto es voluntario pero el empadronamiento es automático. Aunque deberán registrar su domicilio del exterior en los consulados, o en Chile, para figurar en las listas. La campaña seguramente tendrá lugar en los tres grandes núcleos chilenos en Argentina: Neuquén-Río Negro, donde hay unos 100 mil, la Capital y sus alrededores, con unos 40 mil, y Mendoza-San Juan, con 35 mil potenciales votantes. Allí hay diferentes públicos, con diferentes demandas: desde los trabajadores agrícolas informales de la Patagonia, hasta los estudiantes universitarios en Buenos Aires con sus propios problemas, todos tendrán la oportunidad de ser escuchados por parte de candidatos presidenciales que, por primera vez, podrían trasladarse hasta donde viven los emigrantes para conquistar sus valiosos votos.


Publicado en El Estadista el 26 de marzo de 2015. Versión publicada aquí.